Fireworks

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De repente, me enternece mirarles. Observarles con detenimiento sin ser vista porque, aunque viajan como sardinas en hora punta en la línea más sobrecargada de todo el metro de París, es como si el vagón fuera sólo para ellos.

Él, todavía imberbe, y ella, media cabeza más alta. Me fijo en cómo ella cecea, en cómo se coloca el pelo rizado mientras le habla y en cómo él no le mira a los ojos. Se ríen y se cuentan cosas sin importancia, sin quedarse nunca en silencio. Puntúan la conversación una retahíla de gestos patosos y sinceros, que buscan un brevísimo contacto físico; ella le tiende una bolsa de gominolas y él aprovecha para cogerle de la mano, él le cuenta alguna cosa graciosa y ella se ríe haciendo muchos aspavientos para delante, de forma que su cabeza queda apoyada durante unos segundos sobre el hombro de él.

Me pregunto en qué momento dejamos de ser adolescentes, ¿cuándo se cruza la frontera que hace de ti un adulto?

Es un barullo impresionante, los nervios siempre a flor de piel, la vulnerabilidad vestida con un traje de luces de cara al grupo de amigos, el parachoques fijado a tientas, pero sin éxito, por los padres, la belleza de saltar por primera vez al vacío y bañarte en el mar sin ropa, y de repente, estás en el metro a diez años de todo aquello, sonriéndole como una boba a dos críos que se hacen carantoñas y que no tienen ni idea de la de verbenas que les quedan por bailar.

¿Pero acaso sé yo la de fuegos artificiales que me esperan?

Verano en casa

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Me gustaría contarte cómo es Madrid en verano. Hablarte del asfalto que arde por las noches y de sus calles desiertas a las cinco de la tarde. De mis vecinas de tumbona y libro a las que saludo efusivamente sin saber cómo se llaman. De las siestas y los Juegos Olímpicos. De las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma, de los vestidos cortos y las cervezas a un euro. De las resacas en la piscina y del sol que siempre me quema. De cómo me hago diminuta en mi habitación empapelada de postales en blanco y negro que hablan de mi adolescencia. No sé si bendita o maldita.

Ahora sólo quedan dos días. Dos días para volver a los aeropuertos, a los besos, a las lloreras, a las maletas que no cierran, a los mensajes pidiendo perdón a los amigos que no me ha dado tiempo a ver porque en realidad yo quería estar en mi casa viendo un documental sobre los delfines y bebiendo café con hielo. A los « te prometo que la próxima vez » y « a ver cuándo vienes a verme » cuando sabemos perfectamente que, si ese día llegara, nos daría más pereza que otra cosa.

Después se me pelará la nariz, volveré a peinarme y me cambiaré de cartera para que me quepan todas las tarjetas. Desaparecerá la marca del bikini. Y cuando llegue el otoño, se me habrá olvidado cómo huele el jardín después de que mi madre salga a regar. Pero aún me quedan dos noches en las que me volveré a embadurnar de crema y me quedaré un ratito en mi cuarto, sin vestir, sentada en la penumbra. Y me acordaré de ese verano hace un par de años o tres, en el que te pasaste una semana repitiendo con tu acento extraño la frase de aquel anuncio « No hay un verano como el nuestro ».

Los placeres sencillos

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De repente y sin avisar, la primavera nos regaló un preestreno.

De ayer me quedo con las sonrisas de media luna, la nariz arrugada al sol y las compras disparatadas en el vide grenier que nos hacen pasearnos por la Butte-aux-Cailles como si hubiéramos encontrado el mejor de los tesoros.

Aunque ese tesoro sea una cacerola viejísima.

Me quedo con la promesa de otros domingos al sol, sentados en una terraza viendo pasar la tarde. Y volver a casa para cenar cuando aún es de día, esquivando a los niños en patinete que intentan huir del lunes.

A very strange time of my life

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Me aferro a quien creo que soy para no tirarlo todo por la borda. Para no renegar de aquello que he construido, como una hormiguita. Aquí reside la auténtica fragilidad del ser humano; podemos sobrevivir a desastres naturales, construir búnkeres para protegernos de bombas lanzadas desde aviones, viajar a la luna y comer durante meses barritas energéticas a través de una escafandra, y sin embargo, un único pensamiento puede demoler todo lo que llevamos por dentro. Me gusta pensar en ello como la escena final de El club de la lucha, cuando Tyler le dice a Marla “Trust me, everything is gonna be fine” justo antes de que empiecen a estallar los edificios.

Wear sunscreen

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Me vi sentada en el sofá, con cara de funeral, intentando escribir sobre el otoño, el cielo gris, la nostalgia de la infancia. Me vi intentando explicar el agobio de no saber hacia dónde dirigirse y ese miedo que no sé muy bien cómo, a veces, parece una certeza absoluta, de estancarse en el mundo profesional y que la vida pase de largo. De no ver cumplidos los sueños.

Me vi allí puesta con mi desasosiego, y me acordé de aquellas frases cursis que me gustaba copiar en todas partes cuando era adolescente sobre vivir el momento y de aquel vídeo que mis amigas y yo vimos cincuenta veces y que sugería el uso del protector solar como único consejo inequívoco para el futuro.

Y me vi tan joven que me parecí hasta pequeña. Más pequeña que lo era entonces, cuando me traía sin cuidado saber lo que iba a suceder pasado mañana y aún menos a diez años vista.

Entonces, me acaricié la cabeza como a los niños, me revolví el pelo y las ideas, y vi por la quincuagésimo primera vez este vídeo, lleno de ideas tan manidas como perfectas para recordar en tardes de otoño como estas.

Añoranzas

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Es 1 de julio y hoy ha hecho cuarenta grados. Los franceses lo llaman la canicule y yo, por una vez, siento que voy acorde con la estación.
El olor del asfalto al sol que rezuma en el ambiente, las noches en las que no entra el aire por la ventana, los mosquitos y la gente hablando del calor que hace en cada conversación.
Me recuerda a mi madre entrando en casa y repitiendo “¡qué calorina, qué calorina!” mientras se quita los zapatos.

Supongo que eso son las raíces.

Ava está tumbada panza arriba debajo de la ventana, intentando captar esa brisita que no corre. La gente se ríe en la calle. Huele a verano y a sol, se intuyen las vacaciones y hoy hemos comido helados en el trabajo.  Son las diez de la noche pero aún es de día. Mientras recojo la cocina un trompetista en la calle toca Cumpleaños feliz.
Creo que nunca me había sentido tan cerca de casa.

San Juan

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A ti, que siempre me llamas bonita. Que me haces poulet basquaise a las doce de la noche para que me dure toda la semana, que te acuerdas de mis galletas siempre que vas a la compra y me pones vídeos graciosos en el ordenador para cuando me levante y ya te hayas ido a trabajar.

A ti que me acompañas en mis ideas peregrinas, que bajas a por café cuando no queda mientras yo te espero en pijama. A ti que me llevas a Ikea cuando de repente decido un domingo que es de vital importancia comprar una jardinera Äggplanta y otra estantería Billy.

Que no descansas de quererme aunque haya días en que yo misma me habría metido en una nave espacial y me habría enviado a dar una vuelta.

A ti, que eres al que más feliz le hace que haya vuelto ponerme a escribir.

Y cómo voy a escribir de otra cosa.

I was a kaleidoscope

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Ha estado dos años persiguiéndome en márgenes de cuadernos y agendas, en las notas del teléfono y en diarios de sueños que intento, en vano, mantener. En ideas de futuro ilusorias, y en la estima cada vez más menguada cuando afirmo en voz alta que a mí lo que me gusta es escribir. Ha estado detrás de mí en el anhelo constante, en las ganas de volver a tener tiempo para ponerle palabras a la belleza. A todas las bellezas, a las cotidianas, a las cursis y a las crueles. La incansable persecutora página en blanco.

Hubo primero el desamor. Luego el enamoramiento y luego el amor.

Durante todo este tiempo he disfrutado los placeres de navegar en mares tranquilos, comprar muebles en Ikea, adoptar un gato, aprender a cocinar y leer libros en francés. También me he metido sin hacer ruido en el mundo de los adultos, moviendo mis fichas cada vez con más tiento e intentando hacerme creer que cuando volviera a tener tiempo volvería a escribir.

Esto no es una declaración de intenciones ni una justificación. Es una forma de hacer las paces con ese tiempo que nunca tengo, de aceptar que no soy un ama de casa de los cincuenta, que sigo destiñendo la ropa, quemando las magdalenas en el horno, idealizando las vidas de los demás y sintiéndome muy pequeña con mi ordenador gigante del trabajo. Dejando de fumar de domingo a viernes.

Por suerte continúo guardando algunos tesoros. La felicidad que me invade cuando escucho I was a kaleidoscope de Death Cab -igual que cuando tenía catorce años- y las ganas de escribir que han estado repiqueteándome la cabeza, en un duermevela constante pese que a que yo me empeñara en mandarlas a dormir.

Y el amor. También sigo guardando el amor.